No pocas veces me encuentro con la afirmación temeraria de que el cuento corto cortísimo es un producto acuñado por la modernidad. Asaz temerario es, además, afirmarlo de una oración simple y tenerlo por hazaña. Y bizantino. Con ese tenor, se predicará como "cuento" casi cualquier oración con predicado verbal, cuyo verbo nuclear sea transitivo, en modo indicativo y voz activa. Y por algunos ejemplos que me han presentado, el ingenio es un ingrediente accidental.
Como sea y discutir lo último sería ir de la mano en bizantinadas cuando no presumo compartirlas (o al menos, no estas), pongo ejemplos del error manifiesto en lo primero.
Van por delante cinco cuentos de Garibay, escritor del s. XVI, y mi gusto por el tercero y el quinto:
(En: Juan Hurtado y J. de la Serna, Antología de la literatura española, Madrid, 1926, p. 124. Se respeta la ortografía del original.)
Un poco más largo, pero mucho más picante y sabroso es el siguiente, de Andrés Laguna:
(Andrés Laguna, Pedacio Dioscorides Anazarbeo. Acerca de la materia medicinal y de los venenos mortíferos, II, 54, Mathias Gast, Salamanca, 1563, p. 155, citado por Maxime Chevalier, Folklore y literatura: el cuento oral en el siglo de oro, [Colección] Filología, nº. 6, Editorial Crítica, S. A. (Grupo editorial Grijalbo), Barcelona, 1978, pp. 39-40.)
Como sea y discutir lo último sería ir de la mano en bizantinadas cuando no presumo compartirlas (o al menos, no estas), pongo ejemplos del error manifiesto en lo primero.
Van por delante cinco cuentos de Garibay, escritor del s. XVI, y mi gusto por el tercero y el quinto:
I. Un hombre, de muy mala condición, siempre estaba mirando al suelo. Dijo una señora: -No es posible sino que a éste le ha acontecido algun gran mal, o a otro algun gran bien.
II. Decía un caballero que las necedades eran como los duelos, que nunca viene uno solo, y ansí, en oyendo alguna necedad, decía: -Bien vengais, si venís sola.
III. Un clérigo vizcaino, criado de un Cardenal, traía debajo de los hábitos un machete, el cual un día el Cardenal se lo vió, y reprendióselo, y él le respondió: -Reverendísimo señor, no traigo yo armas para ofender a nadie, sino para algún perro. El Cardenal le dijo: -Para que esteis seguro de ellos, cuando venga a vos alguno, decid el Evangelio de San Juan. Dijo el clérigo: -Señor, todavía es bien traello, porque hay algunos perros que no saben latín.
IV. El protonotario Pedro Martir, coronista de los Reyes Católicos, habiéndolos servido mucho, dieron a tres o cuatro confesores de los Reyes Obispados, y deseándolo él ser, dijo: -Entre tantos confesores, bien paresciera un martir.
V. Convidando a uno a cenar, pusiéronle rábanos al principio de la cena. El cual dijo: -En mi tierra a la postre ponen esta fruta. Respondió el que le convidó: -Y aquí también.
(En: Juan Hurtado y J. de la Serna, Antología de la literatura española, Madrid, 1926, p. 124. Se respeta la ortografía del original.)
Un poco más largo, pero mucho más picante y sabroso es el siguiente, de Andrés Laguna:
En cierta botica de Mets, residiendo yo en aquella ciudad, fue ordenada una medicina que llevaba cantáridas para cierto novio impotente, y juntamente otra de cañafístola para refrescar el hígado y los riñones del Guardián de la Orden de San Francisco febricitante; y aconteció que, trastocándose los brebajes por yerro, el novio (el cual bebió la del fraile) pusiese aquella noche del lodo, y aun peor, la cama y la novia; y el fraile, por otra parte, que tomó la del novio, anduviese por todo el convento (como podéis bien pensar) hecho un endemoniado, que no bastaban pozos ni aljibes ni estanques para le resfriar.
(Andrés Laguna, Pedacio Dioscorides Anazarbeo. Acerca de la materia medicinal y de los venenos mortíferos, II, 54, Mathias Gast, Salamanca, 1563, p. 155, citado por Maxime Chevalier, Folklore y literatura: el cuento oral en el siglo de oro, [Colección] Filología, nº. 6, Editorial Crítica, S. A. (Grupo editorial Grijalbo), Barcelona, 1978, pp. 39-40.)





