
Don Pedro Antonio Herrera López† in Memoriam.
Este 10 de febrero de 2010 recibí, a las 23:28 horas de México, una noticia que me ha trastornado sensiblemente y obligado a abandonar toda actividad ajena a la domesticidad. Una persona entrañable y ejemplar ha muerto.
A Don Pedro deben mi educación, mi sensibilidad y mi cultura. En Don Pedro tuve apoyo y consejo en no contables ocasiones; más valiosos el uno y el otro cuánto más duros fueron esos años desde 1990. No exageraré diciendo que Don Pedro llenó parte del vacío que produjo mi prematura, paulatina y dura emancipación de una familia fracturada y que, salvo contados y loables carácteres que en ella había y los menos que aún hoy viven, no me comprendía. Así pues, la conversación sabrosa, las lecturas y el estudio con que me convidaba Don Pedro eran indestructibles refugios en donde hallé asilo, paz y gusto.
Profesores he tenido muchos; maestros, pocos.
Su muerte a tan pocos días de nuestro encuentro ha ensombrecido mi regreso a México.
Mi duelo, que tarde me entero, apenas comienza.
Una lágrima por él...
Una lágrima por él...
Me he acostumbrado desde niño a dialogar con las personas a través de la lectura. Mis interlocutores adquieren presente al leer, e inmortalidad en los paños de mis libreros. Tengo una cita pendiente con su libro sobre el Convento de Santa Clara, que postergo debido a que mis quehaceres inmediatos me imponen otras lecturas, de por sí fatigosas. Cuando lo lea, nos encontraremos entonces Pedro y yo, de nuevo.
He perdido, pues, un amigo, un abuelo, un maestro, un mentor. Su muerte me vale por muchas muertes.





