No es muy fácil hacer esto con dos niños, de cinco y de tres años, a la espalda; el menor, puro enfado por tener que ceder sus juguetes. Pero valió la pena: el fruto de la experiencia los dotó de una nueva comprensión del mundo y los ha llenado de orgullo la aplicación en el trabajo.
La disposición de la escena fue la más sencilla para que ellos pudieran intervenir.
Aunque la aplicación con la cual monté los fotogramas no me permite sucederlos a una velocidad que aporte una visión realista del movimiento, con la mayor velocidad tampoco sobreviviría el origen fotográfico cuya impresión quiero que sea perdurable en el recuerdo de mis niños, para que aprecien la mecánica del movimiento y cómo se produce la percepción de la animación.
Ahora me preguntan cuándo armaremos algo más grande, cuándo compraremos más de estos juguetes, y cuándo haremos una nueva película.
Esa inquietud hace, de lo poco, algo mejor que un largometraje.





