jueves, 13 de octubre de 2011

Sobre alianzas y coaliciones...

Este es un comentario que remití a Proceso en dos oportunidades con motivo de las declaraciones de Ebrard de disociar la figura del Ejecutivo mexicano en dos individuos y los chismes aliancistas entre Ebrard y Beltrones, el 13 de julio y el 28 de septiembre de 2011, respectivamente. Nunca fue publicado. Como los recientes acontecimientos no le restan vigencia, dejo copia aquí.


Las coaliciones y el futuro del Ejecutivo.
Con independencia de nuestras preferencias políticas, es necesario apreciar la situación subsecuente a las recientes elecciones con cierta imparcialidad. De lo contrario, los problemas podrían ser mal formulados, y, por ende, soluciones serían propuestas que no serían tales.

Cierto grupo persiste en afirmar que la derrota general del PRD en las recientes elecciones se debe a la reticencia de Andrés Manuel López Obrador a formar coaliciones con el PAN. El argumento más sencillo para refutarlo es que el PAN fue derrotado abrumadoramente. Ello demuestra que el PAN no aportaba beneficio alguno a esa alianza, y sí mucho perjuicio, pues una alianza con un PAN masivamente repudiado por la sociedad mexicana hubiera fortalecido el PAN, pero no el PRD. Hay dos, y hasta tres razones obvias para pronosticar el maleficio que se cernía sobre el PRD en caso de haberse coaligado con el PAN:

  1. El liderazgo del PRD hubiera podido caer en entredicho al concertar una alianza con un opuesto ideológico, lo cual acusaría al PRD de inconsistencia.
  2. La manipulación publicitaria de los resultados electorales hubiera encubierto el repudio del PAN y lo hubiera exaltado, debido a que la aportación del voto electoral por cada partido coaligado al resultado final no hubiera podido ser discernida.
  3. El PAN abismándose hubiera arrastrado el PRD, con lo cual resultaría fortalecido de manera indirecta el PRI. Para el PAN el ascenso del PRI es una alternativa aceptable a la propia derrota, lo cual perfila estas maniobras del PAN como manifestaciones de una estrategia que reciproca al partido que le cedió el lugar en 2000.

Ciertamente, el PRD no ganó.

Sería harto extenso explicar las causas últimas del reciente fracaso del PRD, pues en esencia conciernen a la definición ideológica de la llamada izquierda mexicana. Por esa vía es posible explicar las crisis de su militancia y las fluctuaciones en las preferencias del electorado, y se revelaría que este es un proceso sazonado y que este momento se ha preparado por largo tiempo, en lugar de ser una crisis súbita.

En realidad la cisma del PRD, que emergió como la mayor fuerza política mexicana en 2006, es la responsable del fortalecimiento del PRI.

De mi exposición se desprende que ha sido mal razonada de la derrota del PRD otra afirmación: que en lo sucesivo, los futuros Presidentes de México habrán de emerger de coaliciones, a fin de lograr un gobierno sólido. En realidad, la antedicha afirmación, en lugar de atender las causas del problema, atiende sus manifestaciones. El verdadero problema es que la elección del Ejecutivo, sobre todo, pero sin excluir otros puestos de elección popular, se realiza por mayoría relativa, por lo cual los gobiernos de minoría que produce ni alcanzan un verdadero poder de convocatoria, ni superan en verdad la resistencia de la oposición; aquélla que no se puede negociar en la antesala de las cámaras: la que perdura en los ciudadanos, por lo cual los gobiernos de minoría enfrentan muchos focos de conflicto.

Las coaliciones no resolverán, sino en apariencia, el problema de formar gobiernos de minoría, y tendrán el pernicioso efecto de desideologizar a los ciudadanos y de fomentar la demagogia. Las coaliciones beneficiarán los pequeños partidos, que, al interferir en la captación de votos por los grandes partidos, entregarán al partido que pacte con ellos los votos que desvíen para sí. Una situación como esta coadyuvaría a alienar la voluntad del elector de su voto.

Hubiera sido más coherente proponer una reforma política; bien que abandone la elección por mayoría relativa; bien que establezca un equilibro entre la proliferación de los partidos y el número de éstos que por su presencia social hayan de participar en los procesos electorales para que la mayoría relativa tienda a acercarse a una mayoría absoluta, como solución de compromiso que evite incurrir en varios escrutinios electorales para lograrla.

Pero el elemento más dramático en la falsa solución al problema del gobierno minoritario es el oscuro y sofístico razonamiento por el cual Marcelo Ebrard concluye que hay que separar en dos figuras el Ejecutivo: en un Jefe de Estado y en un Jefe de Gobierno, y que este último habrá de ejercer el liderazgo de las fuerzas políticas mayoritarias de las cámaras. Sin duda el Ejecutivo mexicano tiene un poder cuyos alcances podrían ser discutidos. Pero, en la práctica, aunque por una vía diferente, por la capacidad de intervención sobre la soberanía del Legislativo, la separación así propuesta es peligrosamente análoga a la vicepresidencia porfiriana, que establecía que el vicepresidente era presidente nato del senado, con lo cual difuminaba la separación entre los Poderes Ejecutivo y Legislativo, en detrimento del segundo, que quedaba subordinado al Ejecutivo. En realidad, Ebrard ha sugerido cómo distribuir el poder entre los partidos coaligados.
Rainer Hurtado Navarro.