viernes, 26 de abril de 2013

UEFI: Microsoft obstaculiza que los propietarios de las nuevas computadoras instalen el Sistema Operativo de su elección.

En teoría, los sistemas UEFI aseguran la integridad del sistema operativo instalado en un dispositivo específico, por lo cual contribuyen a la seguridad. En la práctica, funcionan encadenando al usuario a Windows, cuya licencia ha dejado de figurar en una etiqueta adherida al equipo, para estar indeleblemente inscripta en el corazón del ordenador. Luego, tienen el único propósito de obstaculizar que el propietario de una computadora pueda ser pleno propietario de ella, e instalar el sistema operativo de su elección.

Hace doce años que uso Linux. Es un sistema operativo elegante, sofisticado y completo. Cuando lo conocí, yo había saltado sin escalas desde MS-DOS 3.3 en 1993, a MS Windows ME en 2001. El salto era monstruoso. Lo que otros tendrían por comodidad, para mí era continua limitación. Entonces, me topé con Linux: cuatro discos de instalación de Debian 2.2 “Potato”. En los meses siguientes probé otras distribuciones Linux, buscando alguna que me agradara y que me facilitara la transición hacia él. Junto con Debian 3.0 llegó SuSE 8.1 Professional. SuSE llegó para quedarse. Hoy corre la 12.3.
Con Linux hago todas mis tareas cotidianas y programo mis propias aplicaciones dirigidas a realizar tareas muy específicas, asociadas con mi actividad y, a veces, con la de personas cercanas que me piden ayuda: tratamiento de texto; automatizar descargas; aplicar marcas de agua a imágenes y formar con ellas PDFs, con o sin restricciones; convertir audio y vídeo a diferentes formatos y normas; crear pares de claves e intercambiar las públicas entre mis dispositivos con el objeto de realizar a través de ellas la autentificación; manipular grandes lotes de archivos; sincronizar documentos entre carpetas, unidades o dispositivos; controlar clamav, un antivirus; producir certificados digitales para firmar digitalmente mis documentos; automatizar la creación de servidores DNS, maestro y esclavos; &c.
No soporto el procesamiento de uno en uno e interactivo a la fuerza de la interfaz gráfica, esclavizante, al que los usuarios Windows están acostumbrados cuando realizan tareas nimias.
Al usuario Linux basta dar la orden: estampa tal marca α (usando esa imagen o aquella fuente tipográfica) con esta opacidad β, en tal otra posición γ relativa a cada imagen en la carpeta δ, y has de los productos un PDF con calidad % y páginas de dimensión carta o la-que-quiera, cuya portada diga…, fírmámelo con mi firma digital Ω, y ponle las restricciones Ψ: cuando termines, quédate callada: ínterin escribiré.
En cambio, el usuario Windows no ordena. Para él es especialmente cierto que el ordenador sea más bien computador. Él tiene algún flamante programa cojo y con muletas que le marca los pasos a seguir, que le traba el puntero del mouse, y que demanda la interacción de su apocado amo, así sea para dar click en “aceptar” o “siguiente”. Ni siquiera tiene pleno control administrativo de su sistema. Algún apologista de la política corporativa de Microsoft aducirá la grande responsabilidad que conlleva la administración y el bajo nivel de conocimientos técnicos que el uso de Windows demanda al usuario, &c., pero esa es una excusa neomedieval para justificar mantener usuarios ignorantes, antes que asumir la necesidad de instruirlos. Además, mayor responsabilidad es ser padres, y por muy mal preparados que estemos para serlos, nadie nos quita los hijos.
Sin embargo, Microsoft no está contenta con que uno le pague las licencias de Windows cuando compre una computadora nueva a cierto fabricante por el mérito de su equipo, y ahora quiere imponer que uno no pueda instalar el sistema operativo de propia elección en el equipo que ha apreciado.
La instalación básica de openSuSE 12.3 en un sistema Lenovo C345 podría tomar 22 minutos. Un usuario Linux entiende por instalación básica de una distribución la instalación predeterminada del sistema operativo y de todas las herramientas por las que el usuario prefiere dicha distribución, de manera que deje su computadora lista para ser usada tan pronto termine: eso incluye, pero no se limita, a los programas de oficina, de procesamiento gráfico profesional, navegador de Internet, cliente de correo, mensajería, lector de libros digitales, catalogador y manipulador básico de fotografías, reproductores de audio y vídeo, grabador de CD/DVD/Bluray, herramientas de navegación interna y de configuración y personalización de la sesión, y muchas más herramientas de precisión accesibles directamente por el usuario que sepa usar la línea de comandos, o se atreva a usarla.
Un usuario quisquilloso, como yo, demoraría un par de horas más, porque no estaría satisfecho con la mera instalación. Actualizaría todos los componentes del sistema y los programas. Añadiría nuevos repositorios de programas por instalar otros. Añadiría fuentes tipográficas externas. Instalaría y configuraría al detalle los dispositivos periféricos que hubieren quedado pendientes, lo que, inclusive tratándose de Windows 8, lo obligaría a descargar los controladores de la página del manufacturador del periférico, y, en algunos casos, poner a “make” y a “make install” a hacer “magia”. El resultado, un sistema que sólo se “cae” si lo desenchufan de la electricidad, al que sólo a martillazos se le puede romper una sesión de usuario, y cuyas aplicaciones no se bloquean o “cuelgan” sino tan raramente que cuando ocurre uno se enerva porque ya es intolerante a fallos de esa índole, por muchas disculpas que ofrezca la aplicación mientras recupera completa, o casi completamente, la labor que el usuario ha visto tan mal interrupta.

Pero esos 22 minutos y otro par de horas se pueden convertir en una pesadilla en un equipo nuevo con sistema UEFI, que traiga MS Windows 8 preinstalado.

Tratándose de computadoras que no sean mías, sino de familiares o amigos, siempre preservo la partición de recuperación del sistema de Windows, por asegurar cierta reversibilidad al cambio, cuando no me piden la coexistencia pacífica de Linux y Windows empleando un menú donde el usuario pueda escoger cuál de los dos arrancar.
Mas toda convivencia de ambos sistemas se ha tornado imposible en los nuevos equipos UEFI, que no son fabricados por Microsoft, por lo que no deberían encadenar al consumidor a un sistema operativo específico, como es el caso triste, aunque legítimo, de algunos fabricantes de los que se llaman “smartphones” y “tablets”, que manufacturan sus propios dispositivos a la medida de sus propios sistemas.

A la instalación de SuSE, aunque completada correctamente, seguía un mensaje que negaba la presencia de un sistema operativo instalado (en realidad, protestaba porque no estuviera Windows 8 instalado), sin embargo había deshabilitado “secure boot” y fijado el “secure boot status” a “setup mode” en la BIOS.
Eso convertía la instalación exitosa en fallida.
Otro intento, y en una sesión de terminal del sistema de instalación, advertí algo cuando usé fdisk por revisar las particiones y montarlas para examinar el contenido de cada una de ellas: el uso de un sistema de particiones GTP.
Pedí a YaST2 que creara una nueva tabla de particiones, lo que significaba eliminar la partición de recuperación de Windows 8.
(Si hubiera sido mi computadora, hubiera empezado así.)
La instalación terminó correctamente. Pero aún no la arrancaba la BIOS. ¿Qué pasaba? Varias cosas, mas las referiré en la secuencia cómo las advertí por que el lector perciba en los tropiezos los estorbos agobiantes y desalentadores que han sido impuestos con un único propósito: disuadir, ya que no impedir, que el propietario de una computadora pueda ser pleno propietario de ella.
Prosigo por orden de adquisición de la comprensión de lo que enfrentaba:
Pasó que YaST borró la tabla de particiones pero creó las nuevas con el mismo sistema de particionado GTP. Accedí a una terminal del sistema de instalación y borré los primeros 512 bytes del disco duro físico empleando dd, y no pareciéndome suficiente toda prevención me fuí al exceso borrando los primeros 4096, 8192, … bytes. De GTP quedó nada. Arranqué fdisk por hacer particiones, pero me advirtió que habría que alinear los bloques del dispositivo, y arranqué parted. Lo había usado una vez antes. Como todavía parted me pareciera extraño, decidí detenerlo y dejar que YaST2 hiciera su trabajo, lo cual hizo como sabe hacerlo: maravillosamente.
Sin embargo, al hacer una partición /boot, advertí que la instalación seguía en modo EFI.
El fracaso del intento que significó la queja de la BIOS respecto no encontrar Windows 8 me confirmó que la pesadilla no tenía fin.
La clave para hallar la solución del problema estaba en que la instalación era llevada en modo EFI.
Examiné la BIOS. Presté atención a la entrada “startup”.
Allí estaba una opción “CSM” deshabilitada. Por explorar la opción “boot mode” que dependían de ella, la habilité. Y en “boot mode” encontré las opciones UEFI, auto (que privilegiaba UEFI), y “legacy only”. Establecí “boot mode” en “legacy only”, con el objetivo de que la BIOS se comportara de la manera tradicional. Salvé los cambios y reinicié la computadora. Reinstalé SuSE. SuSE gobernó.
En resumen, para instalar Linux en un equipo UEFI nuevo váyase primero a la BIOS, y en la entrada “Security” deshabilítese “secure boot” y fijése el “secure boot status” a “setup mode”, y en la entrada “startup”, habilítese la opción “CSM” y fíjese la opción “boot mode” en “legacy only”, con el objetivo de que la BIOS se comporte de la manera tradicional. Sálvense los cambios y reinicie la computadora. Instale Linux, cuidando por cualquier medio destruir el sistema de particionado GTP y sustituirlo por el tradicional, aunque más limitado, de MS-DOS, cuya limitación respecto el número de cuatro particiones primarias queda resuelta si el usuario hace que una de las cuatro particiones sea una partición extendida donde hacer nuevas y tantas particiones como él requiera. Prosiga la instalación “hasta la victoria siempre”. Pero que conste que Microsoft inició la intolerancia, la ruptura de la convivencia pacífica y el secuestro cibernético.